Christian Palma, Cachiyuyo

Las alternativas para ver el eclipse que ofrecían las tres provincias de Atacama eran tantas que no fue fácil tomar la decisión de dónde instalarme para ver el fenómeno natural que oscureció por casi dos minutos buena parte de esta región. Al final opté por un camino distinto a la mayoría de las miles de personas que llegaron a esta zona: montar mi mountainbike y avanzar por la carretera desde Copiapó -hacia el sur- hasta donde me pillara la hora esperada por todo Chile o hasta donde dieran mis pies.

Salí de casa antes del amanecer, bien abrigado porque el frío atacameño es mortal a esa hora. Iba muy atento a la ruta porque las caravanas de autos aumentaban a cada minuto, algunos gritos y bocinazos de ánimo me acompañaron varios kilómetros hasta que paré para tomar agua.

Estaba en eso cuando unos colegas de un canal de televisión pararon para hacerme unas consultas. Conversamos un rato y me ofrecieron llevar al Campamento Base que la autoridad armó en el camino que lleva al Observatorio La Silla, casi en el límite con la Región de Coquimbo.

La idea no sonaba nada mal así que subí la bicicleta y mi mochila a la 4×4 de la prensa y me acomodé entre trípodes y cámaras. Los primeros rayos del sol intentaban en vano ganarle a la densa neblina característica del trayecto que une Copiapó y Vallenar, situación que preocupaba a uno de los periodistas. “Es solo camanchaca, más allá se abrirá el cielo y no tendremos ni una nube”, lo calmaba un camarógrafo más avezado.

Casi sin darnos cuenta pasamos Vallenar y llegamos a la localidad de Cachiyuyo, el mítico pueblito que se hizo famoso en 1989 cuando se filmó ahí un recordado comercial de una compañía telefónica. Seguimos de largo, unos 10 kilómetros más al sur y llegamos cerca de las 9.30 de la mañana al mencionado Campamento Base.

Tras bajar mis cosas de la camioneta y despedirme de los colegas, comencé a recorrer el lugar. A lo lejos sobre las montañas se veías los observatorios de La Silla por el sur y La Campana por el norte. Iba tranquilo en mi bicicleta, en una zona me detengo para sacar algunas fotos y un tour operador me advierte que no puedo estar ahí porque “está reservado”. Sin ánimo de pelear, le respondo “ok” y sigo mi camino. El lugar estaba atestado de gente, música sonando fuerte que solo se silenciaba para escuchar los discursos de alguna autoridad. En medio de los domos y toldos, sobresalía una carpa de circo. Decidí irme de ahí. Eran las 11 de la mañana, el sol ya pegaba con fuerza, pero yo pedaleaba feliz a campo traviesa hacia Cachiyuyo. Ahí, pensé, está la verdadera aventura.

Llegué al pueblo y ya se notaba la efervescencia. La calle principal de Cachiyuyo, que normalmente alberga a no más de 200 personas, lucía repleta de gente. Eran cientos deambulando por sus calles de tierra: hippies vendiendo artesanía, feriantes en sus puestos, parrillas humeantes, autos, camionetas y buses con delegaciones de distintas partes de Chile, se mezclaban en un bullicio parecido al zumbido de miles de abejas con distintos aromas y sonidos.

El pueblo montó bien este verdadero espectáculo. Baños químicos, dispensadores de agua, primeros auxilios, carpas inclusivas y diferentes opciones para comer.

Para tener una panorámica del pueblo, subí a la gruta del lugar, enclavada en una loma que dominaba todo el sector. Ahí, los colegas de Radio Nostálgica –la única de cobertura regional y la misma que se hiciera famosa en el rescate de los 33 mineros de Atacama- había instalado un verdadero set radial. Me quedé con ellos un rato, usufructuando corriente, agua y sombra.

Me impresionó el mar humano y la cantidad de personas y personajes que deambulaban por Cachiyuyo.

Estaba en eso, cuando la Municipalidad de Caldera, que llevó a una gran cantidad de personas con capacidades reducidas al lugar, envío de regaló muchos sándwich de pescado fresco. Los colegas de la Radio Nostálgica, me invitaron a compartir a lo que me sumé encantado. Saborear una suculenta marraqueta con dos presas de albacora, es un lujo que no se puede desaprovechar. Eran las 13.30 horas y las tripas ya estaban reclamando.

El sol no tenía ninguna piedad con los rostros, cuellos y brazos de los visitantes. No sabía si permanecer bajo ese refugio amigo o internarme por el desierto a ver el eclipse lejos de cualquier ruido, música o gritos eufóricos.

Al final opté por lo segundo. Después de analizar las opciones, decidí cruzar el paso peatonal de Cachiyuyo, saltar una valla de alambres e internarme por los caminos mineros que abundan por esta zona.

Faltaba una hora y media para el comienzo del eclipse así que pedalee con fuerza no sé cuántos kilómetros. Atrás iba quedando Cachiyuyo y su fiesta, mientras yo iba al encuentro de la soledad y el silencio.

A esa hora ya me había quitado casi toda la ropa. Solo me cubría con un short y una polera, imposible llevar puesto algo más. Tras pedalear otro poco, encontré un lugar con grandes piedras diseminadas al estilo Stonehenge, obviamente de menor tamaño, pero con la suficiente capacidad de dar sombra. Estacioné la bici, armé un mini refugio y me acomodé a esperar que la luna cubriera el sol. Solo me acompañaba el suave sonido de la brisa que movía las hojas secas de los arbustos y pequeñas ráfagas que levantaban remolinos de tierra en miniatura. Una que otra ave asustadiza se paraba a mirar y seguía su viaje, pequeñas lagartijas pasaban sin prisa por los surcos que dejó la mountainbike. En el cielo, ni la más mínima nube, solo los cables de las torres de alta tensión que dan energía a las mineras, rompía la majestuosidad de la naturaleza. Una pena, pero estos monstruos de metal ya son parte del escenario y poco y nada podemos hacer para sacarlos. Al menos por ahora.

No duré ni 10 minutos en esa posición. La ansiedad me llevó a recorrer los contornos de la loma que había elegido como punto de observación. Mi sorpresa fue tal cuando unos cien metros más abajo, habían unos pimientos y gallineros solitarios. Una majada que seguro pertenecía a un lugareño que no estaba en el lugar a esa hora, pastoreando (el sector estaba lleno de caca de ovejas) o esperando el eclipse en otro lugar.

Estaba observando eso cuando un potente motor de una camioneta doble tracción me sacó de mi perfecta calma.

Eran unas cuatro personas, arriba del vehículo con música fuerte y dispuestos a carretear a unos 500 metros de mi espacio. Pensé lo peor, mi plan de ver el eclipse solo y en paz se iba al carajo y ya no había tiempo para cambiar de sitio. Mordiéndome los labios, me resigné.

Al minuto, uno de los tipos me grita: “oye amigo, el de la bici, te sobran un par de lentes”, ahí mi rabia creció más, pero solo atiné a mover la cabeza.

Me acerqué a ellos con unos anteojos especiales que me sobraban. Les pregunté de manera humilde si pensaban poner música fuerte a la hora peak y les expliqué mi plan místico. Respondieron que no, que iban a estar tranquilos, que no me preocupara. Eran las tres de la tarde y la luna ya se empezaba a comer al sol, como un ratón a un mantecoso queso redondo.

Volví a mi vivac poco convencido. Sin embargo, además de algunos gritos eufóricos y un Ce hache I, Chile le le, los jeeperos mantuvieron un respetuoso silencio. De hecho, me olvidé de su presencia.

Los que si cacarearon fueron los gallos de la majada. Apenas empezó el fenómeno, se pusieron a cantar. También algunas bandadas de pájaros volaban a gran velocidad hacia sus refugios desorientados por la oscuridad.

Cuando el sol estaba cubierto casi a la mitad bajó la temperatura drásticamente. A cada minuto descendía más, así que tuve que abrigarme mientras las sombras, la umbra dirán algunos, empezaba a cubrir los cerros.

A los lejos, se veían la silueta de cuatro mujeres que subían a duras penas una duna gigante y más allá, casi al fin de mi vista, otra camioneta hacía lo propio.

Era una oscuridad extraña, las sombras de las rocas y arbustos dibujaban formas indescriptibles. Se acercaba la hora esperada y el viento se dejó sentir aún más gélido, subí el cuello de mi parca, me colgué la cámara al hombro y a las 16.39 exactamente, me saqué los lentes especiales.

Era mi momento, solo, en silencio. La luna había cubierto completamente el sol que dibujaba una corona anaranjada maravillosa, mi cara ya no ardía, dejé de tener frío y solo me invadió una sensación de plenitud y paz que se extendió casi por los 69 segundos que duró el eclipse en el lugar donde me encontraba. Solo me atreví a interrumpir este regalo de la naturaleza para sacar un par de fotos y para volver a la tierra después de este viaje hipnótico y místico en pleno desierto, quizás en el mismo lugar donde hace siglos, los indios atacameños y diaguitas observaron lo mismo, dándole otros significados.

A lo lejos y gracias al viento, llegaban bocinazos y gritos desde Cachiyuyo. También otro grito, pero más cercano que me ofrecía una cerveza heladita. Otra vez moví la cabeza, pero en otro sentido. Ya estaba lista la aventura.

Me despedí de los muchachos y comencé el descenso con rapidez. Al llegar a la carretera se podía observar la estampida frenética de autos que querían regresar luego a sus lugares de origen. Pedalee tranquilo por la berma mirando las caras alegres de los pasajeros que avanzaban a la vuelta de la rueda. Seguí mi camino hasta Domeyko, otro pueblo minero con cielos privilegiados, ahí mis colegas de la tele, que me habían recogido por la mañana, me pasarían a buscar de vuelta. Mientras llegaban estacioné la bici y cerré los ojos varias veces. En cada pestañeo aún podía ver el reflejo del eclipse impreso en mis retinas y eso que el sol era ya historia hace bastante rato.

Fuente: Qué Pasa La Tercera