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Fallece el conocido peluquero Ricardo Murúa: Acá recordamos medio siglo de historia cortando el pelo a los chañaralinos

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Su hija Lorena confirmó a este medio la muerte de unos de los peluqueros más recordados y longevos del puerto. Su deceso se produjo este viernes en Copiapó y sus restos están siendo velados en su casa de Coronel Núñez 450 de la Población Aeropuerto en su querido Chañaral. Hace unos años, 7D publicó un reportaje que recogió parte de la vida de este hombre conocido por todos, amante de la pesca y de las largas conversaciones. Acá recordamos trozos de la historia de una peluquería que será por siempre un emblema de la ciudad.

Por: Christian Palma

Lo primero que uno ve al ingresar a la Peluquería Murúa, en la calle Arenosa de Chañaral, es una leyenda pintada a mano en la pared: Niños $3.000. Un brillante espejo alumbrado por un tubo fluorescente y, arriba de una repisa, todos los implementos que un buen peluquero necesita: Tijeras y peinetas de todos los tamaños y las clásicas bombitas de goma para esparcir chorros de colonia inglesa al cuello y patillas de los clientes y que de seguro varios chañaralinos, al leer esto, trajeron a su memoria.

Un mueble metálico con algunas revistas, principalmente ediciones antiguas de Condorito, dibujadas por el mismísimo Pepo y seis sillas de madera, similares a las primeras que tuvo el local hechas en la desaparecida Mueblería Bugueño en 1970. Un poco más allá, un diploma colgado de una pared certifica que don Ricardo Murúa Cerda es peluquero titulado del Instituto de Belleza Kentt de Antofagasta desde el 2 de septiembre de 1964.

“Yo partí en esa época cortando el pelo en Antofagasta, de donde soy originario, pero era muy difícil encontrar trabajo en una peluquería establecida. Tenía 23 años. Luego en 1966 llegué a Chañaral a ver a mi papá que vivía acá. Él era minero y, en ese tiempo, trabajaba en la construcción de la carretera, estaba enfermo de silicosis”, recuerda don Ricardo que acaba de terminar de cortar el pelo al primer cliente del día.

Antes de reiniciar la conversación llega otro parroquiano: “Como siempre nomás”, le dice. La persona se sienta en la silla, don Ricardo se pone su delantal blanco inmaculado, acomoda la altura del cliente con la bomba hidráulica de su sillón (traído por la empresa de transportes Andes Mar Bus en 1968, convirtiéndose en toda una novedad en esa época), lo envuelve en una manta casi tan blanca como su delantal y comienza el ritual de tijeretazos que partió hace más 50 años.

El cliente, que ya superó hace rato el medio siglo de vida, tiene poco pelo. Un par de cortes y está listo. Luego viene la parte que más recuerdos trae no sólo a este cronista sino que a buena parte de los chañaralinos, que alguna vez pasaron por esta peluquería: La máquina eléctrica que con su bbbbrrrrrrrrrrrr eterno, saca los últimos pelos rebeldes arriba de la nuca y en las chuletas. Luego, unos chorros de colonia para cicatrizar cualquier herida y termina el trabajo. El resultado, un perfecto corte al ras que el cliente asiente satisfecho.

 

“Ese es mi estilo, el corte militar”, dice Murúa mientras recibe un par de billetes arrugados.

 Un pasado minero

Sin embargo, lo que mucha gente no sabe, es que don Ricardo antes de ser peluquero, se desempeñó como minero siguiendo los pasos de su padre. De hecho, gracias a lo que ganó en esas labores, pudo estudiar en Antofagasta.

“Para el mundial del 62 yo estaba en Arica. Me fui a trabajar a la cordillera. Escuchaba los partidos por la radio. Ahí trabajé en varias ocupaciones, hasta que llegué a “Perforo”. Eso fue en Lauca en la central Chapiquiña que produce energía eléctrica. Llegamos en un camión. Hacía mucho frío. Yo conocía este tipo de trabajo. Antes lo había realizado en Vallenar, Mantos Blancos y en San Pedro de Atacama, conocí hasta las fronteras con Argentina y Bolivia, pero nunca pasé para ningún lado. Llegué en enero a este trabajo y bajé recién en septiembre, eran otros tiempos”, rememora.

En ese tiempo, Murúa ya tenía sus herramientas para cortar el pelo. Se las había conseguido de una manera muy particular sin tener idea que eso le cambiaría la vida. “Había un compadre que trabajaba en la mina y que era supersticioso, siempre que bajaba a Arica había que encargarle algo, lo que fuera para no traer la mala suerte. Una vez me insistió mucho y le pasé todo mi sencillo para que comprara lo que quisiera y me trajo lo básico para cortar el pelo, pero de material de combate nomás, así adquirí mis primeras tijeras sin tener idea de como cortar el pelo”.

Agrega que “el terreno donde trabajábamos era peligroso, caía mucho agua hacía frío, por eso nos pagaban bien y yo lo ahorré. En septiembre me fui de vacaciones a Antofagasta. Incluso, para que regresara luego, me pagaron pasajes en avión ida y vuelta desde Arica porque yo era de los mejores en mi puesto. Nunca más volví”, dice.

“Ya en Antofagasta, estuve viendo los diarios y ahí salía cursos de peluquería. Con mi plata me puse a estudiar un año y me titulé, pero no había mucho trabajo”, sostiene.

En los tiempos que Murúa se hizo peluquero, los locales establecidos podían tener ayudantes los cuales practicaban el oficio, pero ganaban poco porque además debían pagar arriendo por instalar su sillón. “También había que tener un carnet para trabajar que lo otorgaba un comité a través de la Inspección del Trabajo. Para obtener este permiso había que saber cortar el pelo y afeitar a los clientes, no cualquiera lo tenía. La cosa es que no encontré trabajo y volví a las minas, cerca de Taltal, ahí comencé a cortarle el pelo a los colegas y a mejorar la práctica”, recuerda Murúa al tiempo que precisa que jamás volvió a las minas, pues su salud se resintió. Decidió bien. En la actualidad, todos sus colegas están muertos en accidentes o por silicosis.

“Así estuve un tiempo hasta que llegué a Chañaral a ver a mi papá. Pensaba quedarme un rato e irme a trabajar a un tranque al Lago Rapel. Mataba el tiempo yendo al teatro de los Bomberos o al Manuel Rodríguez. Había una peluquería en Calle Carrera, donde ahora está la Oficina de Enrique Padilla (al lado de la Cámara de Comercio). Se llamaba peluquería Osorno, frente al BCI. Pertenecía al señor Alvarado y pedí trabajo”.

Para contextualizar esta parte del relato, se debe señalar que en ese tiempo, habían al menos cinco peluquerías instaladas en el puerto. La Osorno, el local conocido como Escobar, perteneciente a un Carabinero que tuvo su local al lado de la Gobernación (cerca de la ex Sastrería Olguín) y luego al lado de la actual Comisaría. Existía otra peluquería en la plazuela del Barrio Bellavista, cuyo dueño usaba chaleco, corbata y sombrero de ala ancha, por eso los niños le llamaban “El Sheriff”. Al frente de la estación de trenes, cuando se comenzó a construir la ampliación de Chañaral, se instaló otro peluquero, que era pastor evangélico, en calle Covadonga. La última funcionaba a la vuelta del local de abarrotes de Oriel Flores, La Serenense, que quedaba cerca de la actual Schopería. “También habían peluqueros clandestinos y muchas mujeres que estudiaron peluquería y trabajaban en sus casas”, según relata el propio Murúa.

El año 1966, el joven Murúa encontró trabajo en la Peluquería Osorno. Ahí partió cortando el pelo a los niños que pagaban la mitad. Compartía el lugar con el dueño y tres colegas. Eran otros tiempos, con Barquito y Santa Fe operando a plena capacidad lo que significaba una gran clientela. Al tiempo, tuvieron que irse de ese lugar y los cuatro llegaron al local actual de calle Arenosa. Corría el año 1968. En 1970 se fueron todos de este recinto, menos Murúa que desde ese año trabaja solo en el mismo lugar. Lo más probable es que él le haya cortado el pelo a su abuelo, papá o hijos. De hecho, “mi cliente más viejo, es el señor Palta, que ya supera los 90 años”, dice.

Sin embargo, aclara que con la determinación en los colegios de no cortarse el pelo como antes y la irrupción de los estilistas, su clientela se vio afectada. Al igual como descendió el número de hombres que acudían a su local a afeitarse hasta mediados de los setenta.

“La aparición de la máquina de afeitar desechable, terminó con ese negocio. Yo afeitaba y cobraba lo mismo que el corte de pelo. La gente del banco, por ejemplo, se afeitaba con maquinas eléctricas, pero no quedaban bien rasurados, entonces los fines de semana o los lunes se afeitaban al igual que los jefes de Santa Fe”, explica.

Asegura que el 21 de mayo o el 18 de septiembre eran fechas de mucho trabajo. “Pero hoy no son importantes, son como un día normal. Para mí, el mejor momento es a fin de mes, cuando pagan. Acá hay días en que no viene nadie, y otros, como hoy, donde atiendo a cinco clientes en la mañana. Aunque yo tengo muchos clientes fieles, sé que vienen cada 25 días, un mes o tres meses, así ha sido por años”.

 

Don Ricardo ¿Nunca se aburrió de este trabajo?

-No. Cualquiera no es peluquero, hay que tener vocación y querer el trabajo. De cien, diez no más son buenos?

 

-Por sus manos deben haber pasado miles de chañaralinos ¿recuerda alguno de manera especial?

-Le he cortado el pelo a tantos, autoridades, a los capitanes de puerto, en dictadura y de la UP y muchos otros a los cuales no conocía. En los tiempos de Salvador Allende, yo necesitaba genero para mis paños y no había nada. Fui a Barquito a ver qué me conseguía, nunca había ido a Barquito. Llegué con mi plata a la Pulpería y ahí unos encargados, a los cuales yo les cortaba el pelo, sin saber quienes eran, me reconocieron y me vendieron hasta adornos para el árbol de Navidad. Incluso hasta una docena de calzoncillos que escaseaban.

Otra vez llegó don Patricio Aylwin a Chañaral cuando ya había vuelto la democracia. A mi me iban a dar las llaves de mi casa propia en una ceremonia en la tarde. Antes de eso, en la mañana, vinieron varias personas y nos pusimos hablar de la realidad de Chañaral, les dije que no creía en la reactivación que ellos me mencionaban gracias a la inauguración, por esos años, de Mantoverde. Les corté el pelo. Después en la tarde, resultó que era la plana mayor del gobierno, incluso el jefe de gabinete de don Patricio, don Ignacio Walker, hoy presidente de la DC y yo no tenia idea. Así es este trabajo, pasan chistes como esos.

Tanto cariño le tomó a su profesión y a Chañaral, que nunca más se fue. Acá se casó y vinieron dos hijos. El mayor que estudió en el Liceo y egresó como técnico en estructuras metálicas, con especialidad en soldadura de acero inoxidable y que hoy trabaja en Escondida y su hija educadora de párvulos de la Universidad de la Serena y que está radicada en Escocia. “Los saqué adelante con mi trabajo”, dice, sin disimular su orgullo, el gran Ricardo Murúa antes de prender una vez más la máquina que anuncia que otro cliente se irá bien “pelao” y con aroma a colonia inglesa a su casa.

 

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