Por: Jéssica Acuña

Están impacientes porque sea la hora y comience la obra. Sus profesores se preocupan de cada detalle, hasta que inicia el ingreso de la sala los estudiantes de kínder y prekinder de la escuela Mi Estación de Paipote y luego los terceros básicos del Colegio Estación. También hay una decena de apoderados y la sala se ve llena. Las luces se apagan y comienza el espectáculo, salen los primeros actores, contando como un príncipe fue convertido en bestia en castigo por su egoísmo y todo el castillo encantado, otro cuadro nos muestra a la desadaptada Bella.

Estamos en el salón de minera Kinross, que cada viernes se abre a la comunidad para recibir estudiantes de escuelas de Paipote como también del resto de Copiapó, en un programa de la Fundación Proyecto Ser Humano llamado Culturarte, que busca educar a través del arte. Y esta es la segunda función de “La Bella y la Bestia”, una obra basada en la última versión del clásico cuento de hadas hecho por Disney, con la interpretación de los estudiantes de la escuela especial “Los Conejitos” de la Fundación Coanil. Yo trabajo como encargada de comunicaciones para esta Fundación.

Los textos de los personajes  son voces grabadas y los niños modulan, actúan, y aparecen vestidos de acuerdo al personaje. Con total desplante aparece bella, aldeanos, las diferentes escenas se suceden alternadas por canciones, algunas de la banda sonora, otras adaptaciones de canciones de moda que los niños y niñas aprovechan para hacer coreografías. Algunos hacen su papel en una silla de ruedas, como el malo de la película, otros las usan  para bailar con ellas, girar y hacer figuras coreográficas ayudados por sus profesores.

El vestuario de la obra es increíble, tetera y tazas que cubren el cuerpo, el mayordomo tiene las llamas en sus manos y un traje muy parecido a su modelo, así como la bestia y el ensoñado vestido de Bella a la hora del baile, que resulta ser un momento mágico. Los niños que están en el público ríen, cantan, aplauden después de cada baile. La obra no decae.

Termina la función. Alfonso Silva, encargado del programa, los felicita y da paso al profesor a cargo, Paulo Cifuentes -quien además es coreógrafo-, quien le cuenta al público: “para nosotros como comunidad Los conejitos es tremendamente importante poder salir y mostrar el trabajo que hacen los chicos, quienes somos como comunidad. Esta obra fue escrita con mucho amor por todo el equipo  de la escuela, gracias al apoyo de la directora Patricia Suazo, de los apoderados,  pudimos diseñar los vestuarios de cada uno, es una obra que ellos mismos eligieron, los profesores grabamos las voces”.

Es la hora de las preguntas por parte de los niños y niñas, las que se suceden con entusiasmo, como cuánto ensayaron, como se cambian tan rápido los trajes, quién es el más joven, todas hechas con respeto y sólo una alude a su condición. En esta era de lo políticamente correcto dudo cuál es la palabra adecuada. ¿Personas con discapacidades? en este caso mentales, muchas de ellas acompañadas de consecuencias físicas, aunque sé que varias organizaciones prefieren que se les diga personas con capacidades diferentes, ya que las tienen, es como ponerlo en positivo viendo la parte del vaso lleno. La memoria de algunos autistas, el olfato de algunas personas con ceguera, la capacidad de sentir las vibraciones de quienes padecen sordera, son algunos ejemplos.

De hecho, esta obra es una prueba de sus capacidades, la de actuar, asombrarnos, sacar una sonrisa o una carcajada del público e incluso de emocionar. Eso contiene tantas habilidades y aprendizajes: recordar, mover su cuerpo siguiendo las coreografías, saber las entradas y salidas en el escenario siguiendo un ritmo que dura cerca de una hora. Y una destreza escaza: la de ser capaces de mostrarse ante un público.

“La educación artística permite abordar, cuestionar y enfrentar múltiples discriminaciones por cuanto es consustancial al desarrollo del pensamiento crítico; es también -comprobadamente- un dispositivo de desarrollo de habilidades múltiples. Y porque, entre otros valores, la formación artística es una oportunidad de encuentro humano en torno a la creación” leo en una columna de Loreto Bravo que cuenta la experiencia de trabajar educación artística en escuelas poniendo el énfasis en el valor de la diferencia.

En la columna, Loreto reflexiona: todas las personas somos distintas pero esa diferencia produce desigualdad social. Intento aterrizar el resto de su pensamiento en palabras comunes: ocurre producto de que existe un modelo de normalidad que se impone,  que excluye a los que no cumplen con ese patrón,  justamente por ser distintos al modelo impuesto. Miro el rostro de una adolescente down, caracterizada como una campesina europea de siglos pasados y es bella. Me pregunto qué le pasa a los espectadores.

EL PÚBLICO

Yamilet Veliz, parece la madre de una de las protagonistas, pero en realidad es su sobrina. Le pregunto antes de que se vaya de la sala qué siente al ver la obra. “Me emociono porque ha superado mucho de lo que ella era,  antes no trabajaba, no participaba, y ahora sí. Ha avanzado mucho”, me dice.

Una profesora me comentó que  ella se sintió gratamente sorprendida al  ver la obra, porque no tenía ninguna idea de que pudieran hacer algo así. Ahora tiene una imagen muy distinta de lo que pueden lograr personas con discapacidades.  Yarela Salinas es estudiante de tercero A del Colegio Estación, y se acerca porque quiere que la entreviste. Me explica “me gustó mucho la obra, porque era divertida y me gustaron las canciones.  El personaje que más me gustó fue la bestia, porque nosotros igual hicimos una obra en nuestro colegio y mi papá fue la bestia”. Para ella no fue tema que sean estudiantes de una escuela especial.

En cambio sí lo fue para su compañera Verónica Mesa, “me gustó  la bestia con la bella cuando bailaron… le salió muy bonito y yo lloré, porque me dio pena, porque a mí no me gustaría tener eso y ellos aunque tengan diversas discapacidades igual tienen que seguir luchando”.

Y ahí en estas opiniones veo  la capacidad del arte de producir ese encuentro, de ayudar a aceptarnos diferentes, a comprendernos y darle valor a eso de ser distintos, con discapacidades y capacidades. Suerte que esta compañía ganó un proyecto para producir una nueva obra, un FNDR cultura. Así que tendremos más posibilidades de  aplaudir a estos niños, y niñas y jóvenes de la Compañía de Teatro de Los Conejitos.