Por: Christian Palma Pizarro

Relato sin editar de una noche a la intemperie en el desierto más seco del mundo, con ochos fósforos, una cortapluma y un perro valiente

Había sido una tarde memorable, de esas que quedan en la memoria por años. Nos internamos por unas quebradas cerca de Totoral, una de las zonas donde el desierto florido emerge con más fuerza en busca de la mítica Garra de León, la flor más enigmática, hermosa y cautivadora que nos regala la naturaleza cuando decide mojar con sus lluvias estas tierras secas y polvorientas.

Atravesamos un sector conocido como la Quebrada del Carbón, cerca de una ladera y debajo de unos arbustos -de casi dos metros- armamos nuestro mini campamento. Almorzamos unos buenos fideos, con atún, crema y champiñones. El Choro, nuestro fiel terrier chileno, también comió su merienda y los tres dormimos una pequeña siesta con la música de los pájaros e insectos de fondo. Luego decidimos subir una loma. A los pocos metros de altura apareció un verdadero prado de Garras de León, rojas como la sangre, desparramadas como enredaderas entre las laderas, cactus y piedras. Estábamos felices, nos fotografiamos con estas maravillas, subimos otro cerro y pudimos observar la inmensidad de un valle que por estas fechas luce verde, un verde irreal que aunque no quieras, te traslada a un sur lejano, pero que ahora puedes percibir con todos tus sentidos.

Cerca de las 4 de la tarde, decidimos seguir nuestro regreso a Copiapó por el camino costero. Bajamos por la ruta que lleva a la caleta Pajonales y, una vez en la vía principal, seguimos en dirección a Barranquilla. El perro también gozaba del paseo con la cabeza fuera de la ventana, disfrutando del viento en su cara peluda. Unos kilómetros antes de la playa, decidí tomar el camino que te lleva a la Mina Ligas Negras. La idea era mostrarle a mi hijo Sebastián otras tonalidades que nos regaló este año el desierto florido y que en esta parte es dominada por el azul de los suspiros de campos y lirios. Tata Barahona, nos acompañaba en la radio, mientras el mar se fusionaba con el desierto bajo un sol inclemente, pero aún piadoso a fines de septiembre.

Esta parte la conocía bien, pues no hace mucho la recorrí en la vieja y querida Fiat Strada que aún nos acompaña en nuestras aventuras por Atacama. El valle es espectacular, una llanura extensa que se va cerrando en pequeñas quebradas, donde se pueden ver –por muy raro que parezca- labores de pastoreo de vacas, alpacas, cabras, entre otros animales domésticos. La tarde caía sin prisa y las conversaciones se desparramaban como cascadas una tras otra. Que la universidad, que el futuro del periodismo en Chile, que tu padrino, que los abuelos, que la cerveza por la noche en La Chingana. Mientras las palabras fluían, salimos de las laderas y enfilamos por una recta hacia el kms 754 de la norte sur, por donde ya había pasado sin problemas semanas antes.

Avanzamos un buen trecho, cuando otra vez sin preguntar ni preguntarme, decido tomar otro camino minero hacia la izquierda. Un amigo me lo había recomendado, pues, a campo traviesa, se llegaba más cerca de Copiapó. Como todavía quedaba tarde y nadie nos apuraba, comenzamos otra aventura por una huella poco transitada, pero bastante buena. Nunca supimos que la doble tracción sería obligatoria más adelante.

Cuando era niño, y mi papá nos llevaba a acampar a Pan de Azúcar, siempre le escuché decir que un camino con calaminas se debe pasar lento o muy rápido. Opté por la segunda opción y avanzamos a buen ritmo hacia la ciudad. Seguíamos tranquilos, el sol nos seguía acompañando a nuestra izquierda resaltando los colores de todas las cosas que veíamos, estábamos realmente maravillados por los prados multicolores que iban apareciendo en cada curva que superábamos. Era tal nuestro trance originado por la naturaleza, que no advertimos una gran duna en medio del camino, cuando nos percatamos ya era demasiado tarde, no frené como indica el viejo manual e intenté dar la vuelta para no quedar atascados. No tuve suerte, las dos ruedas delanteras quedaron enterradas hasta las masas en una chusca endemoniada.

Sin pensarlo nos bajamos del auto y nos pusimos a trabajar. Sacamos una pala de emergencia y empezamos las labores clásicas para sacar la camioneta. No habían piedras y palos alrededor, así que las gomas del piso del auto, unas paletas de playa de madera y la misma pala fueron sacrificadas para hacer tracción. Nada.

Miré el horizonte y el sol estaba apunto de esconderse detrás de los cerros costeros. “Seba, si quieres salir esta noche en Copiapó, tenemos que ponernos a caminar enseguida hacia la carretera, pues esta camioneta no la vamos a sacar hoy. Echa algunas cosas a tu mochila y a tirar pata”. Sebastián me miró con cara de no tener mucha fe, pero me siguió en esta decisión que horas más tarde tendría que reconocer como una de las más estúpidas que he tomado en la vida.

MI GPS humano me indicaba claramente donde estaba la carretera, pero no la distancia exacta. Calculaba que en menos de una hora empezaríamos a ver las luces de los autos y que cerca de las nueve nos recogerían o haríamos dedo ya en la carretera. “A todo reventar a las 11 destaparemos una cerveza”, dije con fe.

Eran las 7 de la tarde, el sol desapareció y una primera ráfaga de viento nos heló la cara sin piedad alguna. Seguíamos tranquilos, incluso nos tomamos una selfie en medio de un manchón de flores amarillas y comenzamos a dar paso tras paso. El Choro nos acompañaba corriendo de un lado a otro, intentando cazar mariposas o escavando algunos hormigueros secos y abandonados, realmente disfrutaba de la aventura. Divisé una loma y corrí hasta ella para darle ánimo a Sebastián, pues pensaba que la norte sur se vería desde ese lugar. Como solo se divisaban las siluetas de unos cerros, dije en voz alta: “apenas se oscurezca, veremos los destellos de los focos de los camiones y para allá iremos”. En silencio calculé que a las 11 iba a ser complejo estar en casa.

Las piedras y flores se convirtieron en sombras, la noche llegó de golpe y una coqueta media luna nos dio las buenas noches. Un lucero la acompañaba como un amante celoso y otros miles de ojos brillantes nos miraban desde el espacio. Un avión pasó por arriba de nosotros, y más allá, casi al final de lo que podíamos ver, un satélite furtivo cortaba el cielo en dos.

Cuando todo estaba oscuro, acepté que algo andaba mal. Las luces de la carretera no aparecían y al detenernos y callarnos, sentimos el sonido del silencio absoluto, un vacío fantástico, único, tan sublime que el tímpano tratando de adaptarse creaba un zumbido suave y profundo.

“Es un camión” dijo Seba, “es un avión repliqué”, pero nada. Era simplemente la perfección del silencio, tan absoluto que nos emocionó fuertemente. Seguimos caminando, cada uno envuelto en quién sabe qué pensamientos.

Cuando llevábamos más de dos horas caminando, nos dimos cuenta que la carretera no estaba cerca y que, perfectamente, podría estar detrás de los cerros que veíamos al frente, muy pero muy lejos. De ser así, no llegaríamos por más que avanzáramos toda la noche. A las horas, la luna y las estrellas desaparecieron bajo una densa capa de neblina, empezamos a dudar de nuestra ruta, perdimos toda orientación, pues estábamos literalmente dentro de la boca de un lobo. Nada, ninguna señal, luz o referencia en 360 grados. Tampoco el más mínimo ruido. Ni siquiera un motor o algo que nos diera esperanzas para seguir caminando. Tampoco había señal de celular o internet. Otra señal que estábamos al medio de la nada.

Decidimos volver a la camioneta para seguir intentando desenterrarla o usarla de carpa si no podíamos salir de ahí. Íbamos felices pensando en el café caliente que nos tomaríamos y los tarros de atunes que teníamos en el vehículo. El perro seguía a nuestro lado sin reclamar y atento a todo lo que pasaba a su alrededor, pero no ladraba, entendiendo, quizás, nuestra preocupación o solidarizaba con este silencio que seguía erizándonos la piel y que solo se rompía con cada paso que dabamos cada vez más lento.

Caminamos de vuelta medio kilometro. Cuando Sebastián reconoció no tener idea de dónde “chucha” íbamos y nos dimos cuenta que nuestras huellas no estaban marcadas en la tierra. Caminábamos en círculos y entendí que la camioneta no la encontraríamos esa noche. Paré y le dije a mi hijo: Vamos a tener que pasar la noche a la intemperie”. Un par de palabras más y nos aprestamos a juntar leña. “Yo duermo con el perro”, dijo el Seba y el Choro meneó la cola en señal de aprobación. Sin decir nada más, recordé que en mi mochila tenía apenas ocho fósforos en una caja gastada. Un gran pliego de cartón corrugado seco por el sol me devolvió el alma al cuerpo, ya teníamos combustible para encender una fogata, ahora la tarea crucial era encontrar cualquier tipo de leña “Lo único que me preocupa es el frío que pasaremos más rato”, dije con resignación. “No te preocupes de huevás y caminemos otro poco”, fue la corta pero certera respuesta de un tipo acostumbrado a acampar desde chico y con varias noches bajo las estrellas en la playa de Pan de Azúcar.

Caminamos una hora más hacía cualquier lugar. En un momento, captamos una leve señal y logramos enviar mensajes cortos a algunos familiares por whatsapp, pero la comunicación se cortaba. Estábamos molestos por no poder dar más datos y por la preocupación que podríamos estar generando. Con la correa del perro amarré un gran atado de palos secos y Sebastián llenó su mochila universitaria con todo lo que pilló. Quedaba poca batería en los celulares, así que el famélico haz de luz de una pequeña linterna de bolsillo nos fue iluminando el camino. En ese momento, sentí miedo de caer en un pique minero.

Seguimos dando pasos a ciegas. Un pequeño arbusto había formado una duna de medio metro en el centro de un gran arenal. Sin pensarlo mucho, decidimos que en ese lugar armaríamos nuestro vivac. Escavamos un poco, tratando de armar una especie de cama, ahí nos convencimos que el Choro era de verdad. El perro también escarbaba tratando de ayudar a sus compañeros de aventura. En un principio era más lo que molestaba por la arena que levantaba; sin embargo, al poco rato, su pega dio frutos. El perro desenterró una gran raíz seca que sirvió como combustible para encender la fogata.

Empezó a helar, pero no tanto como para angustiarnos más. El silencio a veces aterrador, era quebrado por el rechinar de la madera quebrándose. Había ratos de silencio, incluso dormitamos unos minutos. El frío empezó a calar los huesos y, casi sin pensarlo, las conversaciones caían como cascadas, temas íntimos, de padre e hijo, de experiencia e ímpetu, del aprendiz superando al maestro, pero lo más importante: de amigos. Pienso que ni siquiera en un bar, hubiéramos conversado cosas tan profundas y hermosas que, sin duda, recordaré hasta el último de mis días y que no revelaré en estas líneas. Sin duda, esas charlas, fueron lo mejor de este periplo.

-“Papá, estoy loco o siento olor a chela”.

-“Huevón alcohólico, eso es imposible”.

 

Pero era verdad, al escavar la tierra, las raíces desprendían un dulce aroma a cebada.

-“Cómo andarai con un churrasco queso y una Austral ahora”.

-“Cállate, huevón”…

 

Miramos el celular: 28% de batería, la hora: 1.45 de la madrugada. La fogata echaba humo, estábamos felices, como en un carrete sin trago. Nos quedamos dormidos de tan cansados que estábamos. Al rato los tiritones de Seba y el perro me despertaron. Miré la hora: las 3. “Solo quedan tres horas para que amanezca”, pensé y me puse a encender una vez más la hoguera. Acordamos que cada media hora uno de los dos se paraba a buscar leña y mantenía el fuego para que el otro durmiera, así estuvimos hasta las 4.30 más menos. Sin rechistar, cada uno asumía el turno de buena manera. En una de las veces en que me tocó, miré al seba que era iluminado por el fuego. No se daba cuenta, pero sentado en posición india, con el pelo largo hasta la cintura mostraba una imagen alucinante. Sobre su enmarañada cabeza volaban miles de criaturas que habitan este desierto mágico, poco acostumbradas a la luz del fuego a estas horas de la noche. Era un espectáculo único que obviamente jamás olvidaré. Me tocó dormir…

A las 5 el Seba me despierta congelado. “Papá no hay más leña y la que hay está mojada”. Tiramos todo lo que pillamos a la hoguera, pero no había caso, apenas se apagaba el fuego una ráfaga gélida y mortal se metía hasta la médula. El Choro hace horas que no salía del interior de mi polerón donde encontró refugio, lo triste es que como es tan flaco, poco abrigaba, era más bien un gesto de confianza y cariño.

“Tranquilo, que a las seis amanece, veremos el sol y nos vamos de esta mierda”, le dije al Seba que no contestó. Estaba concentrado esparciendo las brasas acumuladas durante la noche, les eché arena arriba y nos acostamos cual faquires sobre el carbón. Al fin logramos algo de calor, nos acurrucamos bien, nos abrazamos y dormimos a pata suelta. Hacía rato que no lograba estar tan cómodo y a gusto, no sé si fueron 10, 20 ó 30 minutos, pero dormí mejor que en mi cama, creo que hasta soñé. Desperté, otra vez por el frío, pasadas las 6 de la mañana y la noche seguía tan oscura como las últimas 20 horas. Seba tiritaba, pero seguía roncando como un gato pequeño. Lo dejé descansar hasta que un débil amanecer me mostro su cara a lo lejos. A los pocos minutos se iluminó todo, me levanté de golpe, alegre y con ganas de seguir caminando. Sin embargo, la alegría duro unos pocos segundos, estábamos en medio de un mar de flores, no se veían cerros, lomas, caminos, nada, solo flores multicolores que comenzaban a despertar lentamente. Intuitivamente (y erradamente) comencé a caminar hacia el lugar dónde (yo creía que) estaba la camioneta. Otra vez paso a paso hacia la nada. En un momento Seba se para y me dice: “mira, unas personas”. A lo lejos se veían unas siluetas, al mirar mejor con unos pequeños binoculares que llevábamos en la mochila, vimos que eran guanacos que se acercaban. La neblina matinal los distorsionaba, convirtiéndolos en monstruos transparentes. Al vernos huyeron y el relincho nos mostró su bravura con un gran grito que despertó a los pájaros que trinaron a coro. Creíamos que estábamos cerca de la camioneta, incluso la vimos a lo lejos, pero nada, era un arbusto negro. Seguimos así hasta las 10, buscando una señal que seguir. Nada. A lo lejos divise un monolito que me parecía haber visto con anterioridad cerca del camino principal. Sebastián se quedó sentado a la orilla de una huella de 4×4, pues su tobillo estaba inflamado como una papa. Caminé una hora de ida y una hora de vuelta, al final era un monolito, idéntico al que vi la tarde anterior, pero este marcaba la entrada de un pique minero. No habían ni huellas ni caminos a su alrededor. Ahí me angustié: qué le diría a Seba, qué dirección tomó, vendrá un helicóptero a buscarnos y lo más heavy: “qué chucha hago ahora”.

Subí una loma, a buscar algo que me orientara, en ese lugar vi una de las cosas mas extraordinarias de esta aventura, un nido de aguiluchos, un circulo de maderas perfectamente ensamblado que parecía hecho por una máquina. Me quise acercar más, pero ahí recordé que quien era yo, para molestar a esas criaturas majestuosas. Seguí mi camino.

“Seba, hay un camino unos kilómetros más allá, lo vamos a seguir pase lo que pase”.

A las 11 el Seba se pone a gritar como loco. “Viene un auto, viene un auto”. A lo lejos brillaba el parabrisas a pesar que estaba nublado y no había sol (por eso aún no sabíamos dónde estaba la carretera”. Se acercaba rápidamente y, al igual que las películas, pasó varios metros más allá, por otro camino. Gritamos, saltamos, movimos las poleras al viento, nada, el tipo no nos vio o no nos quiso ver. Jamás lo sabremos.

Quedamos súper bajoneados, pero no aflojamos, decidimos tomar esa ruta y seguir en la dirección acordada. El Choro de vez en cuando cazaba una lagartija y la mostraba como trofeo, no se la comía, pienso que era su aporte para el desayuno o para que no lo comiéramos a él. En talla lo imaginábamos como un pollo asado del Jumbo caminando por el desierto.

Llegamos a este otro camino y tenía varias huellas recientes. A los pocos metros vi un letrero pequeño de madera: 11 kms, decía. Grité de alegría y me eché a dormir un rato, el perro se acomodó a mi lado y hasta luego. Estábamos lejos, pero ya había una certeza de algo.

Seguimos la marcha cuando aparece un auto. Lo hicimos parar, le explicamos al chofer la situación, pero no se ofreció a llevarnos a la carretera. Nos dijo que nos quedaban apenas 5 kilómetros para llegar le creíamos. Nos dio algunas colaciones. Eran las 11.30 de la mañana y después de casi 17 horas tomamos agua y comimos una fruta. El Choro bebió poco, todo el viaje comió hierbas y al parecer eso lo hidrataba. Un par de mariposas fueron su último botín antes de que apareciera una camioneta. Tampoco quiso llevarnos, nos dieron más agua y seguimos la marcha. A las 13.30 apreció un jeep en dirección contraria. “Acá nos vamos como sea conchatumadre”. Me atravesé en el camino y los hice parar. No hizo falta, del auto bajaron corriendo la Andrea y la Martha que nos andaban buscando desde la mañana. Llantos de las mujeres y las tallas respectivas. El Choro daba saltos de casi dos metros de alegría y le chupeteaba la cara a su mamá Andrea. A su haber tenía manchas de polen de distintos colores por todo su cuerpo, dos lagartijas, tres mariposas y cuatro cucarachas. Una vez arriba del auto, miré a Seba de reojo, tranquilo comía un trozo de pan, tomaba agua y sonreía. Se portó como esperaba. Jamás reclamó por el error del papá, apañó, apoyó y colaboró. Esa noche se hizo más hombre aún y yo más viejo, tan viejo que te das cuenta que llegó el momento de reconocer que la cagas, que no eres invencible, que siempre hay cosas que aprender y que dar las gracias es algo serio. Gracias Seba, gracias Choro, gracias Fito, gracias papás y gracias a todos los que nos salieron a buscar.

 

Nota: La camioneta la encontramos dos días después, estaba intacta. Nos demoramos dos horas en desenterrarla. Sacando cuentas al ojo, caminamos cerca de 80 kilómetros sin saber hacia dónde. Aprendí que en esas condiciones jamás se abandona el auto, a ser un mejor compañero y a reconocer mis errores. Lo bueno es que vivimos el desierto florido más potente de la historia, desde adentro, desde que se abre la flor hasta que se cierran al caer la noche. Nunca en mi puta vida he sentido tanto frío…

Las pifias de este relato serán corregidas…