Dentro de poco se cumplirá la primera conmemoración de los aluviones del 25M en Atacama. Cuando ocurrieron llevaba muy poco tiempo viviendo en Copiapó, haría poco más de un mes que abandoné mi país para venirme a esta tierra que tan bien me ha estado tratando desde que llegué.

Por entonces, mi visión como extranjera era que venía a una zona desértica, la más árida del mundo, donde el agua es un tesoro y la lluvia un milagro. Días anteriores a la tragedia no presté mucha atención a los avisos que anunciaban fuertes precipitaciones para esta región. “Caerán cuatro gotas”, me decía a mí misma.

Fui testigo poco antes del 25 de marzo de la alegría de la gente cuando el agua comenzaba a asomarse tímidamente por el lecho del río Copiapó después de una noche lluviosa. Niños que jugaban en los alrededores y padres y abuelos que hablaban de la última vez que vieron el río con agua. Fue un acontecimiento que en un principio pareciera hacer historia en una región condenada por la sequía,  pero los 17 aluviones caídos poco después de aquello relegaron lo que podría haber sido un bonito sueño al más absoluto fracaso y olvido. Quien se iba a imaginar la maldad de aquellas primeras gotas días más tarde, luego de que los más de 50 milímetros de agua caída en menos de 24 horas causaran el desborde de los ríos y acabaran enterrando bajo el lodo y el barro a cinco comunas de esta región.

Fui otra espectadora más de la desolación después de la catástrofe. En el camino conocí a gente trabajadora que día tras día echaba más horas que un reloj para sacar el barro de sus casas, conductores que me subieron en sus camionetas para ayudarme a cruzar las calles donde el barro me impedía el paso, familias que me abrieron las puertas de sus hogares destrozados, otras que me mostraron sus humildes viviendas de emergencia y otras que perdieron hijos, padres o abuelos.

Ha pasado el tiempo y muchos amigos que hice en el camino aún no han podido volver a la normalidad. La señora Gladys de Chañaral aún sigue viendo su restaurante destrozado y el señor Federico del Pueblito Artesanal sigue teniendo unos enormes socavones de agua contaminada y mosquitos al frente, justo al lado del mar.

Hemos ido viendo la transformación de algunas comunas. En Copiapó se ha retirado el barro y ahora se está cambiando un poco la cara a la ciudad. Se está pintando de azul la ciclovía y están arreglando algunos parques pero realmente, ¿es eso suficiente? ¿Se está invirtiendo el dinero de la forma correcta?

Y esto sin hablar de Diego de Almagro, El Salado y Chañaral, que siguen siendo un tema pendiente. La gente que conocí, de todas las comunas de Atacama, no se merece lo poco y nada que están recibiendo. No vale con echar un poco de maquillaje para lavar la cara a la ciudad y salir del paso. ¿Qué pasará en los próximos aluviones?  No he visto que se tomen medidas serias para afrontar una próxima emergencia de características similares. Ha pasado un año sí, pero parece como si nada cambiara en Atacama.