Acompañamos a Claudio, el buzo, en sus labores diarias bajo el mar. La tranquilidad con que se desenvuelve, sus historias y experiencia de vida bien valen la pena las muchas horas que estuvimos arriba de su bote. Estamos en “Playa Escondida”, una hermosa bahía oculta en algún lugar de Atacama.

La vida de Claudio, el buzo, transcurre apacible entre el puerto de Caldera y una bahía paradisíaca a la que los lugareños llaman  “Playa Escondida“. La zona es poco conocida, sólo los pescadores y mariscadores de la zona -más algunos afortunados- ubican el lugar. Una hermosa ensenada rodeada de piedras con aguas cristalinas y arenas blancas que otorgan un aspecto caribeño a la rada.

La vista desde el mar entrega la sensación de estar en épocas jurásicas debido al desprendimiento de gigantescas rocas que arrastradas por las aguas de las quebradas formaron este singular paraje.

Y aquí estamos. Visitante y hombre rana, hablando de las profundidades del océano, mientras el vaivén del Matilú, el bote de Claudio, nos lleva mar adentro como si navegáramos en una mecedora. De a poco también, el fuerte ruido del motor de la embarcación se hace parte del paisaje  flanqueado por pelícanos y una que otra gaviota madrugadora.

Trac, trac trac trac, suena el comprensor que le dará aire a Claudio cuando se sumerja. Es el tercer intento y el viejo y oxidado motor no enciende. El buzo ni se inmuta y con la tranquilidad y relajo que lo caracteriza, insiste. Tira la piola hasta que arranca. “Al agua”, me dice, mientras busca sus bártulos acuáticos. Son las nueve de la mañana y el sol comienza a recordarnos que estamos en la región de Atacama.

Es imposible no relacionar el cuadro con la película Azul Profundo (1988). La poesía del lugar, las palabras justas y llenas de experiencia de Claudio y lo cristalino del mar te trasladan a mundos que para el común de los mortales no existen.

Cuando nos sumerjamos, acércate a ése cerro submarino“, me dice Claudio. “Ahí, hay un bosque de huiros. Con las olas parece el cabello de una linda mujer rubia desordenado por el viento”, agrega.

Con la experiencia de años, el tipo se pone su traje, agarra la manguera de aire, se sumerge con estilo y se pierde en la inmensidad del Pacífico. Lo sigo, pero a los 6 metros de profundidad desapareció de mi vista.

Burbujas cada vez más pequeñas me indican que jamás alcanzaré a Claudio. Sin más que hacer, me dirijo al lugar que me indicó y efectivamente los huiros que crecen como matorrales eternos en el cerro submarino parecen los cabellos amarillos de una mujer. Afino el ojo y veo lapas, locos, jaibas y pulpos por montones. Tranquilos en su hábitat. Acá la mano depredadora del hombre no ha llegado, sólo se saca lo justo para vivir, filosofía que se agradece, más si en el Puerto de Caldera, cerquita de acá, el olor a las plantas faenadoras de harina de pescado,  indican que la explotación masiva está latente también en estas aguas.

Al cabo de un rato regreso al bote. Claudio lo haría tres horas después y con su chinguillo lleno de viejas, rollizos, pejeperros y congrios que más rato prepararíamos en una parrilla a la orilla del mar. Sin duda, una jornada inolvidable.

Claudio es ingeniero en Acuicultura de la Universidad de Antofagasta. Sus otros tres hermanos tienen la misma profesión y están repartidos por Chile. Ha trabajado en caletas sureñas y nortinas, pero le gusta esta región donde formó su familia. Sus labores las hace sólo. “Tranquilo, a mi ritmo, no reto a nadie, nadie me apura. Paso más tiempo en el agua que en mi casa, así que ya sabes dónde está mi hogar. Vendo mis productos a los restaurantes y vivo sin mayores sobresaltos. Esta es la vida que elegí vivir y no me arrepiento”, dice con tono seguro.

-¿Qué haces si el mar está malo, cómo paras la olla?

El mar nunca está malo, sólo hay que entenderlo. Si no quiere que entre, no lo hago y listo, nunca es más de tres días, así que no es tan terrible.

Este lugar tan hermoso ya me está hablando. Llevo seis meses trabajando acá y los peces saben quién soy, me conocen, ubican el ruido del motor, mi sombra, saben a qué hora llego y a qué hora me voy. Ya está siendo tiempo de cambiar de sitio, no hay que abusar de la naturaleza. Hace días que veo un rollizo grande en su guarida, pero se escapa, está consciente que yo ando rondando. Esa es la señal de que debo trasladarme al norte”, me explica. Le creo.

Luego de anclar el bote y bajar los pescados y los equipos de buceo, Claudio se va a casa. Yo me quedo en la playa prendiendo el carbón y disfrutando de un lugar único. Mañana a las nueve partiré con mi amigo a aprender otra vez del mar. Si usted quiere hacer lo mismo, sólo debe preguntar por Claudio, el buzo en Caldera, en la Playa Escondida, le costará un poco más. Pero créame si le digo que vale la pena.

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